martes, 25 de septiembre de 2007
martes, 18 de septiembre de 2007
"MADEMOISELLE FIFI" (CUENTO)
MADEMOISELLE FIFI
Todavía recuerdo ese dia... aunque con cierto odio, recuerdo ese dia...
Aquella mañana desperté con un humor fatal. Hay días en que no quisiera siquiera despertar. Es que mi vida es una constante humillación: mi comida balanceada, mi corte de pelo, mi aroma ¡todo! Pero el problema está en la sociedad, eso ya me lo dijo el doberman de a la vuelta.
Es que los perros deberíamos revelarnos. Somos lobos, somos la fiereza de la naturaleza, deberíamos ser venerados, ¡y no humillados! Pero como quiero adelantar... iba a contar lo que pasó...
Como dije antes, esa mañana me desperté con un ánimo terrible, y para colmo de males, Ella se despertó segundos después... se acercó a mí con una sonrisa estúpida, mientras decía “qué tierna”, “qué linda perrita”. Desde ese punto, mi mañana se tornó previsible: después de hablarme con ese tono tan infantil y meloso me acercó un plato de comida balanceada.
Hasta aquí la situación resultaba exasperante, pero todavía era soportable.
Llegando casi al colmo de la humillación me dijo: “voy a prepararte un baño, pero no te preocupes que ya vuelvo... te dejo esto para que te diviertas” y suponiéndose generosa me tiró un hueso de goma. Juro que la odio.
Ese baño era la tortura diaria. Debía exponerme a decenas de champúes y lociones, una más vomitiva y fuerte que la otra. Luego me secaba con el secador eléctrico que ella misma usaba para secar su enorme y obeso cuerpo.
Después de peinarme y de intentar resaltar el pompón de mi cola, coronaba el acto colocándome un collar de cuero rosado, con una chapa que decía “Mademoiselle Fifí”.
Como se podrán imaginar, esta situación era insoportable para cualquiera. Por suerte había algo que me ayudaba a escapar de esa terrible rutina... por más que no me caía del todo bien, Fermín (el paseador), era el único permitido para sacarme de aquel tugurio o departamento, como prefiera.
Esa mañana, entonces, vino a buscarme Fermín. Estaba apurado como siempre, y yo contentísima de poder irme.
Camino al parque, pensaba en todo aquello que me hacia olvidarla: la selva, la libertad, poder elegir qué comer y cuándo ladrar, poder correr junto a otros perros sin avergonzarme de sus gritos diciendo: “más despacio Fifí, más despacio”... en fin, pensaba en todo aquello que parecía imposible tener.
Cuando llegamos al parque, Fermín me ató a un poste, junto a otros perros. Por un momento se distrajo con una colegiala tomando sol, y yo aproveché para charlar con quienes estaban atados, al igual que yo.
Todos los que salíamos a pasear sin excepción, éramos “perros domésticos”. Pero por más que lo fuéramos, yo era la única que lo aparentaba, con ese detestable aire de perra sobreprotegida. Esto, como era de esperarse, me hacia acreedora de múltiples burlas y desprecios, que detenía mostrando los colmillos.
Aquella tarde, sin embargo, mis compañeros se mostraron mucho más condescendientes que de costumbre, y hasta parecían interesarse por los males que sufría diariamente.
Les conté con lujo de detalles cómo era mi rutina, y cómo debía padecer de humillaciones tales como un cepillado de dientes semanal, o los baños diarios a los que me veía expuesta.
Les pregunté si conocían algún lugar dónde escapar, algún sitio libre de amos, de collares y de comidas balanceadas que no quede lejos de allí (no conozco muy bien la ciudad). Un bretón, un tanto preocupado, me contó que había un lugar donde se juntaban los perros “insurrectos”, pero dijo que ése no era lugar para una perra mimada como yo.
Totalmente enfurecida, rompí la correa que me ataba y amenacé al bretón con dejarlo igual si no me decía dónde estaba el lugar. Un poco asustado confesó que era a pocas cuadras de allí.
No medité mucho la situación, lo admito, sólo recuerdo que corrí desesperada hacia aquel lugar, hacia la libertad.
Pensaba, mientras corría, en la cara de mi amo al enterarse que escapé, y eso me incentivaba a correr más rápido.
No corrí durante mucho tiempo (aquí es cuando mi historia toca fondo); el último recuerdo que tengo es el de un auto rojo intentando frenar para no atropellarme.
Desperté luego, tres días más tarde, en el mismo departamento del que quise escapar, con la grotesca imagen de Ella llorando de emoción y gritando “¡Fifí está viva!”.
Un espejo me mostró la terrible realidad, más terrible aún que las lociones caninas: en el choque con el auto me provocó fracturas múltiples en las patas traseras y las costillas. Por lo que debo arrastrar un soporte con ruedas para desplazarme.
Tengo también heridas infectadas en las orejas y en el hocico, así que me pusieron una suerte de “pantalla plástica” para que no me rasque ni me lastime. Todo sin contar la cantidad de inyecciones y pastillas que debo recibir.
La vida siempre me pareció irónica pero ahora me parece terrible.
Desde hace casi dos meses me encuentro encerrada, sin poder pasear, al cuidado de una gorda psicótica.
Obligada a acarrear con ortopedias vergonzosas, y a posponer mis deseos de libertad, yo, la loba, “la fiereza de la naturaleza”parezco ahora un velador portátil.
martes, 4 de septiembre de 2007
"EL FANTASMA DE CANTERVILLE" Y "EL PRINCIPE FELIZ" ILUSTRADOS...

Los autores de las obras son todos de 1º 2º T.T y ellos son: Buch, Albano; Yesica Gonzàlez; Brian Rengipo; Steven Vega; Franzua Goche y Luisa Wilson.
Las fotografías fueron tomadas por Darío Miranda.
Las ilustraciones están expuestas en la galería del colegio de la izquierda.
¡Gracias a todos!





